Cuando Jung topó con Nietzsche

OuroborosEn su interesantísimo libro autobiográfico Erinnerungen, Träume, Gedanken (Recuerdos, sueños y pensamientos), Carl Gustav Jung describe su encuentro con la filosofía de F. Nietzsche cuando estudiaba medicina en Basilea, en 1898 (en el mismo instituto donde Nietzsche impartió clases como catedrático de filología clásica). Escribe Jung:

comillasLos siguientes semestres me ocuparon tanto que apenas tuve tiempo para mis escapadas a lugares apartados. Sólo los domingos podía leer a Kant. Leía también con interés a E. von Hartmann. Nietzsche estuvo por algún tiempo en el programa, pero dudaba en leerlo porque no me sentía suficientemente preparado. Se discutía entonces mucho sobre Nietzsche, pero se rechazaba casi siempre, con mayor viveza por los estudiantes de filosofía «competentes», de lo que yo sacaba mis conclusiones sobre la oposición reinante en las altas esferas. La máxima autoridad era naturalmente Jakob Burckhardt, de quien se divulgaban diversos juicios críticos en relación con Nietzsche.

Carl Gustav Jung (1875-1961) psiquiatra suizo, fundador de la escuela de Psicología analítica.

Carl Gustav Jung (1875-1961) psiquiatra suizo, fundador de la escuela de Psicología analítica.

Además existían algunos que habían conocido personalmente a Nietzsche y por ello eran capaces de informar acerca de toda clase de curiosidades sobre él, y no precisamente las más simpáticas. La mayoría no había leído nada de él y, por consiguiente, se recreaban en ciertos aparentes equívocos, por ejemplo, en sus caprichos de gentleman, en su modo de tocar el piano, en sus excentricidades estilísticas, pura curiosidad que sacaba de quicio a los estudiantes de Basilea de aquel entonces. Estas cosas no me sirvieron de excusa para aplazar la lectura de Nietzsche —por el contrario, fueron para mí el máximo incentivo—, sino el que se trataba de un miedo secreto a que quizás yo era semejante a él, por lo menos en lo referente al «misterio» que le aislaba en su ambiente. ¿Quizás, quién sabe, había tenido una experiencia interior o ideas de las que quería hablar y desgraciadamente no era comprendido por nadie? Resultaba evidente que era una rareza, o por lo menos pensaba por tal, como un lupus naturae que yo en ningún caso quería ser. Me atemorizaba el posible descubrimiento de que yo, como Nietzsche, fuera «también Uno». Naturalmente —si parva componere magnis licet—, él era ciertamente un profesor, había escrito libros, es decir, había alcanzado alturas increíbles; es verdad que procedía también de una familia de teólogos, pero en la gran y vasta Alemania, que se extendía hasta el mar, y yo sólo era un suizo que procedía de una modesta casa parroquial de un pequeño pueblo fronterizo. Él hablaba un correcto alemán académico, sabía latín y griego, quizás también francés, italiano y español, mientras que yo sólo sabía expresarme con cierta seguridad en el rudo alemán de Basilea. En posesión de todas estas riquezas podía él permitirse después de todo una cierta excentricidad, pero yo no podía saber entonces hasta qué punto me parecería a él.

"Nietzsche y la Locura", por Guido Luigi Russolo (1885-1947)

"Nietzsche y la Locura", por Guido Luigi Russolo (1885-1947)

comillasPese a mis temores, sentía curiosidad y me decidí a leerle. Lo primero que cayó en mis manos fueron las Consideraciones anacrónicas. Quedé fascinado por completo y no tardé en leer Así hablaba Zaratustra. Constituyó, como el Fausto de Goethe, una fuerte conmoción. Zaratustra era el Fausto de Nietzsche, y la número 2 era mi Zaratustra, era —esto me resultó claro— morboso. ¿También la número 2 era anormal? Esta posibilidad me dio un miedo que hacía mucho que no quería reconocer aunque me preocupaba mucho y se me presentaba siempre inoportunamente forzándome una y otra vez a meditar sobre mí mismo. Nietzsche había descubierto tarde a su número 2, transcurrida ya la mitad de su vida, mientras que yo conocía mi número 2 ya desde mi primera juventud. Nietzsche habló ingenua y descuidadamente de este Arrheton, que no se debe nombrar, como si todo esto fuese normal. Sin embargo, yo había visto muy pronto que con ello se adquieren experiencias muy malas. Él era por otra parte tan genial que ya en su juventud vino como

El profeta Zaratustra. Jung afirmaba que el personaje de Zaratustra era la “personalidad Nº 2” de Nietzsche, de la misma manera que Fausto lo era para Goethe.

El profeta Zaratustra. Jung afirmaba que el personaje de Zaratustra era la “personalidad Nº 2” de Nietzsche, de la misma manera que Fausto lo era para Goethe.

catedrático a Basilea sin sospechar nada de lo que le esperaba. Precisamente a causa de su genialidad hubiera debido notar a tiempo que algo no concordaba. Esto fue pues, pensaba yo, su morboso error: resuelta e insospechadamente había mostrado la número 2 a un mundo en el que nada se sabía ni se comprendía de tales cosas. Estaba dominado por la infantil esperanza de encontrar hombres que compartiesen sus éxtasis y comprendieran la «transmutación de todos los valores». Pero sólo halló filisteos de la cultura; en realidad fue tragicómico que él mismo fuera de los que, como todos los demás, no se comprendían a sí mismos, cuando se sumergió en el misterio y en lo indecible y quiso ensalzarlo ante una multitud indiferente y dejada de la mano de todos los dioses. De ahí lo ampuloso de su lenguaje, lo recargado de sus metáforas, la ditirámbica exaltación que inútilmente intentaba hacer inteligible este mundo que se basó en datos científicos inconexos. Y así este equilibrista no concordó ni consigo mismo. No conocía a fondo este mundo —«dans ce meilleur des mondes posibles»— y fue por ello un poseso, alguien que sólo podía ser tratado con sumo cuidado por sus adeptos.”

El texto citado lo extraje de: Recuerdos, sueños y pensamientos. C. G. Jung, Seix Barral. Barcelona, 1989. En ese libro, Jung hace varias alusiones a Nietzsche. Si te interesa leerlo, puedes descargarlo en formato pdf comprimido, clickeando la siguiente link:

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ANEXO:

Las personalidades Nº 1 y Nº 2 de Jung

Estos párrafos han sido tomados de este excelente artículo: “La Individuación“.

comillasJung cuenta en sus memorias cómo gradualmente tomó consciencia de la naturaleza antitética del ego y el Sí-mismo. Para diferenciarlos entre sí, llamó a su ego –con todas sus limitaciones como ciudadano, doctor y paterfamilias– “Personalidad Nº 1”, en tanto la “Personalidad Nº 2” representaba un factor eterno que lo influenciaba desde un mundo transpersonal, que ya desde niño había vivenciado como una “personalidad superior”, un “anciano de gran autoridad” que se le aparecía bajo diversas apariencias y también como una voz interior. “Nº 1” y “Nº 2” son nombres suficientemente modestos considerando su contenido, sin embargo Jung podría haber afirmado con todo derecho que ya había descrito estos dos factores o figuras en su trabajo científico. Asimismo, ponía mucho cuidado de no utilizar palabras portentosas; en lo que a él se refería, los números eran de por sí suficientes.

Era natural que esto provocara malentendidos. En la actualidad, el conocimiento del mundo interior y la existencia de un Sí-mismo que trasciende a la consciencia, o “personalidad superior”, han quedado sepultados en el olvido y el individuo está indefenso y perplejo ante cualquier experiencia psíquica de una esencia infinita del ser. El mundo objetivo, todo lo mensurable, fascina y esclaviza, en tanto lo irracional, lo que se dirige al interior, lo trascendental, continúa siendo negado o pasado por alto. La vida ya no apunta más allá de sí misma. Y sin embargo, la afirmación de que el hombre participa de dos realidades – consciente e inconsciente, ego y Sí-mismo, historia y eternidad, lo personal y lo transpersonal, lo sagrado y lo profano, existencia y esencia – evidencia el conocimiento interior que aparece una y otra vez a lo largo de la historia humana y que, nuevamente, pasa al olvido. La mayoría de las religiones, la cristiandad incluida, se dirigen al hombre interior, espiritual, inmortal, cuyo reino “no es de este mundo” y sin embargo se torna realidad en este mundo.”

Jung cuenta en sus memorias cómo gradualmente tomó consciencia de la naturaleza antitética del ego y el Sí-mismo. Para diferenciarlos entre sí, llamó a su ego – con todas sus limitaciones como ciudadano, doctor y paterfamilias – “Personalidad Nº 1”, en tanto la “Personalidad Nº 2” representaba un factor eterno que lo influenciaba desde un mundo transpersonal, que ya desde niño había vivenciado como una “personalidad superior”, un “anciano de gran autoridad” que se le aparecía bajo diversas apariencias y también como una voz interior.”Nº 1” y “Nº 2” son nombres suficientemente modestos considerando su contenido, sin embargo Jung podría haber afirmado con todo derecho que ya había descrito estos dos factores o figuras en su trabajo científico. Asimismo, ponía mucho cuidado de no utilizar palabras portentosas; en lo que a él se refería, los números eran de por sí suficientes.Era natural que esto provocara malentendidos. En la actualidad, el conocimiento del mundo interior y la existencia de un Sí-mismo que trasciende a la consciencia, o “personalidad superior”, han quedado sepultados en el olvido y el individuo está indefenso y perplejo ante cualquier experiencia psíquica de una esencia infinita del ser. El mundo objetivo, todo lo mensurable, fascina y esclaviza, en tanto lo irracional, lo que se dirige al interior, lo trascendental, continúa siendo negado o pasado por alto. La vida ya no apunta más allá de sí misma. Y sin embargo, la afirmación de que el hombre participa de dos realidades – consciente e inconsciente, ego y Sí-mismo, historia y eternidad, lo personal y lo transpersonal, lo sagrado y lo profano, existencia y esencia – evidencia el conocimiento interior que aparece una y otra vez a lo largo de la historia humana y que, nuevamente, pasa al olvido. La mayoría de las religiones, la cristiandad incluida, se dirigen al hombre interior, espiritual, inmortal, cuyo reino “no es de este mundo” y sin embargo se torna realidad en este mundo.
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5 comments on “Cuando Jung topó con Nietzsche
  1. Kevork Topalian dice:

    Siempre he admirado a Jung; pero no sé qué sucede con ciertas personas -muchas- que al entrar en contacto con Nietzsche sufren del mismo efecto que éste atribuía como causa a la fe, sobre todo cristiana, a saber, el “suicidio de la razón”. Entre lo que dice Jung en este pasaje y lo que diría una bruja de la Edad Media no hay gran diferencia.

    • Kevork Topalian dice:

      Y como casi todo lo que dice Jung, esa experiencia tal como la describe ha de ser falsa en buena medida, o un malentendido. Todo el psicoanálisis, sobre todo Freud, no es más que un desvergonzado plagio –sobre todo de Nietzsche, pero también de toda la novelística francesa y rusa del siglo XIX. Plagio y a la vez adulteración: las observaciones de hombres como Paul Brochard fueron adaptadas a una psicología de la impotencia. Dos definiciones del psicoanálisis en este pequeño párrafo –con permiso!

      • La serpiente no tiene ideales dice:

        Menos afirmaciones cargadas de léxico absolutista (todo, casi todo, … no es más que…) y anatematizadoras (“ha de ser falsa”), y más argumentos, es lo que se echa en falta, tras tanta opinión, que los tiempos de la fe ciega en las doctrinas, ismos o religiones ya están muy vistos y son poco convincentes.

        Jung no solo tiene una extensa obra científica,sino que ha aportado nada menos que conceptos como el inconsciente colectivo y arquetipos a la psicología y a nuestra cultura que no se van a ser desmontados con juicios ciegos y doctrinarios y totalitarios.

        En ese tu todo, la novelas francesa y rusas (o mejor, cada uno de sus sin duda geniales novelistas) no tienen influencias? Y si son genios surgidos de la nada, ¿no es este pensamiento de un excelso y elevado ideal romántico, dialéctico y hegeliano entre el ser y la nada? Ahora falta de deconstruyas mi idealismo con usando el tuyo…. jejej Qué mundo.

        Con razón, se burlaba un intuitivo amigo gaditano: pienso que pienso que quiero pienso…

        Lo que el mundo parece necesitar con urgencia es un silencio de siglos que recupere el valor originario de la palabra. Antes de pretender convences hay que tornar nuestra oscuridad consciente, porque también nos pueden moralizar o, cuando menos, psicoanalizar. Eso de creerse jueces acusadores sin que nadie nos juzgue… Ahora sí me puedes juzgar a mí, en una eterna partida en tablas…

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